Sábado, dos de la tarde. “Qué pocas ganas tengo, pero es hora de ir a laburar”, pensó Salvatore y se subió presurosamente al Renault 12.
Todavía tenía fresco el horroroso recuerdo de su visita a Galápagos, con el enjambre de mosquitos y ese maldito gol en el último minuto. “El fútbol da revancha”, se ilusionó, e iba decididamente a encontrarla.
por Autor Anónimo
Llegó al club un buen rato antes, preguntó dónde se jugaba al fútbol y lo mandaron al Anexo, por error. Ahí nomás, se quedó tranquilo al ver las instalaciones y el bar en funcionamiento. No toleraría pasar hambre como el otro día.
A la pasada, le pareció reconocer el rostro de alguno de los jugadores que disputaban un partido en la cancha principal. “Pero… ¡ése es el defensor! Y ése… el que metió el gol en el ultimo minuto!!! Y aquel… el nueve”. Intrigado por lo que había descubierto, se acercó a la altura del banco de suplentes, justo en el preciso instante en que el Nueve despachó un tiro cruzado desde afuera del área, que entró bien abajo del palo derecho del arquero. Desesperadamente empezó a preguntar: cómo iba el partido y qué campeonato correspondía. La respuesta lo dejó sentado. “2 a 1. Libres”.
Enterado de la confusión de sedes, volanteó hasta Villa y rápidamente se dirigió al bar para devorarse un sandwich de crudo y queso, acompañado de una Imperial bien helada. Estuvo por insultarse con el cajero por el precio exhorbitante de la consumición hasta que recordó que formaba parte de los viáticos asignados. Salvatore explotaba de ira. No podía tolerar otro triunfo de Vrassyl y tenía la sospecha de que iban a presentar un equipo más competitivo que la otra vez. Ya no lo tranquilizaba que Pilar del Este hubiese salido campeón años atrás ni las enseñanzas que habían recibido de Motta padre e hijo, actuales directores técnicos de Platense.
Comienza el partido. A los quince o minutos se convenció: “Pilar del Este no puede hacer un gol ni con la mano”. Vrassyl con una formación más joven e intentando jugar por abajo, era más físicamente y futbolísticamente. Pero Salvatore guardaba una esperanza. Sus años de asistente le enseñaron que ningún goleador convierte en dos partidos en un mismo día. Solamente mantenía la preocupación por otro delantero, hábil y veloz, que en cualquier momento saltaría a la cancha.
Vrassyl comenzó a declinar en sus virtudes y el rival solo se destacaba por mantener un buen orden. No pasaba mucho hasta que una proyección del número tres, un tal “Foxy”, terminó con un tiro mordido al arco, que picó de mala manera, dejó en ridículo al arquero y entró mansamente.
Lejos de preocuparse, Salvatore se preguntó: “Si son tan buenos, ¿tienen que meter un gol así?”
(N. d. A.: Ya lo dijo el Diego, con el pie, con la mano o con el culo, el gol vale lo mismo.)
Segundo tiempo. El partido estaba para Vrassyl, que corría más y tenía en cancha jugadores muy habilidosos. Salvatore ya empezaba a familiarizarse con algunos nombres: El Negro, Diego, un Juan, que hacía desastres por la derecha en el carril del 8, sólo por nombrar a algunos.
Estaba más cerca el tercer gol que el segundo, pero muy paulatinamente el equipo se fue confundiendo y transformando en muy previsibles sus movimientos. No acertaba en la última puntada, faltaba el último pase, la última gambeta o el último tiro al arco. No definía. Eso lo esperanzaba muchísimo a Salvatore, aunque por otro lado seguía convencido de que solamente un mago podía meter la pelota en el arco de Vrassyl.
Pilar del Este se fundía físicamente, pero no se entregaba y seguía manteniendo el orden defensivo. Hasta que sucedió la jugada del partido: finalmente Vrassyl coordinó un buen ataque y Diego dejó a otro jugador solo frente al arco, pero definió tan suavemente que un defensor alcanzó a despejar el balón desde la línea. “¡Fenómeno! ¡Sos un fenómeno!”, gritó Salvatore y contuvo sus ganas de abrazarlo. El defensor se dio vuelta agradecido, pero Salvatore siguió gritándole “fenómeno” a un tal “Chato”. Vino la expulsión de un jugador de Pilar y el partido parecía más que definido. Sin embargo, Salvatore no se daba por vencido; sentía una vibración interna positiva. Algo podía pasar y tenía una intuición favorable. En los últimos cinco minutos, apareció un mago disfrazado de referí. Cobró un tiro libre inexistente cerca del área de Vrassyl y después un penal inventado, cuando en realidad hubo carga contra el arquero y la arremetida antirreglamentaria de un gordo de 100 kilos que quiso recrear sus vivencias del rugby.
Penal bien ejecutado y sonrisa de Salvatore. 1 a 1. “Firmo ya, firmo ya”. No quería ver otra vez la misma película: la escapada del veloz delantero de Vrassyl. Pero increíblemente, vino un buen contraataque de Pilar, el ya famoso “Chato” barrió desde atrás y volteó a un rival dentro del área. Último minuto. Salvatore comenzó a palpitar y disfrutar “su venganza”, pero la pelota tomó más altura de lo debido y se fue por arriba del travesaño.
Pitazo final. Salvatore, anímicamente perturbado, tomó su libro de apuntes y escribió:
“Sigo sin entenderlos. No juegan bien, pero ganan o empatan. Tienen buen plantel, pero no juegan a nada. Son raros. ¿Tendré el gusto de verlos perder?”.
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