Las crónicas de Salvatore> Capítulo 1

por autor anónimo

“¿Ma’ donde mierda está “Siga la Vaca”?”.  Salvatore Mussachio estaba muy disconforme por su nuevo trabajo y encima, en su primer día, estaba llegando tarde. Volanteó con firmeza el Renault 12 celeste y encaró para la Colectora. A los 65 años no podía creer cómo su profesión se había derrumbado. Durante más de 15 años trabajó como asistente técnico en las inferiores del Deportivo Italiano hasta que las nuevas autoridades lo reemplazaron por alguien más joven: un ex jugador profesional del club. Una y otra vez se preguntaba: “¿Ese qué puede enseñarles a los pibes si nunca aprendió a parar la pelota?”. (clickeá en el título para ver el texto completo)


El juicio laboral avanzaba muy lentamente y necesitaba contar con ingresos. Un amigo de su hijo mayor, apenado por la situación, le propuso contratarlo como espía de rivales. El campeonato intercountrys se pondría muy competitivo con el ingreso de nuevos equipos y el Mayling Club de Campo Golf y Polo no podía dejar de ser “lo mejor de lo mejor”.
Cien pesos y viáticos le resultaron a Salvatore motivo más que suficiente para aceptar la oferta. Pese a ello, no podía disimular la bronca por su situación; no sólo nunca más trabajaría en las canchas de su amado Deportivo, sino que ahora debía conocer los clubes y barrios cerrados de Zona Norte para espiar a equipos de veteranos que, intuía, jugarían horriblemente.
Al final, con cierto retraso, llegó a la cancha en donde Galápagos haría las veces de local frente al equipo que causaba inquietud, al que, por otra parte, le debía su nuevo trabajo. Como no tenía que quedar bien con nadie, se comprometió a ser muy duro en su informe. Galápagos lucía muy elegante con la indumentaria suplente del Barcelona, mientras que el rival, de nombre insólito, claramente estaba con camisetas prestadas. Sus años de fútbol le indicaban que no había relación entre el nombre Vrassyl y los colores de la bandera de Francia.
Hizo su primera anotación: “Son una banda. No juntan 10 camisetas amarillas”.  Nacía ya una relación de amor y odio frente ese equipo que le daba sustento emocional y económico a su vida, pero que -estaba seguro- sería futbolísticamente impresentable.
Mientras Salvatore puteaba y maldecía contra los mosquitos, que empeoraban su poco humor y paciencia, dio comienzo el partido. A los cinco minutos, escribió entre sus apuntes:
“Me voy a la mierda. Año de elecciones, me consigo un plan Jefes y no tengo que sufrir con esto.” Poco después, su  pasion por el fútbol lo hizo tranquilizarse y abandonar la idea de renuncia. Y se dedicó a analizar uno por uno a los integrantes del equipo visitante. Y no paró de escribir:

-”El arquero es flaco y alto. La primera abajo es gol.”
-”El tres es medio petiso, el delantero se lo come.”
-”El cuatro es la aduana argentina. Pasa el que quiere.”
-”El dos es muy lento para esta categoría.”
-”El seis es bueno, pero no creo que aguante.”
-”Los volantes no saben ni sus nombres. Si hacen una sola pared, les pago una Coca.”
-”El nueve sí es bueno. Lástima el equipo que le tocó. Que se joda, él  lo eligió.”

Feliz con su descripción, advirtió que sólo habían pasado 15 minutos de partido y que Vrassyl no jugaba a nada. “Se comen tres”, pensó, pero, por alguna razón, no lo anotó.
De repente, empezó a contar… “El arquero… defensores… volantes… el nueve…”, ¡se olvidó de uno! ¿Quién era? ¿Dónde estaba?  Vio entonces a otro jugador, de puesto desconocido, de contextura grande, que había participado poco en el juego. “¿Y a este qué le pongo? Voy a esperar un ratito.”

(Nota del autor: Vrassyl fue superior los primeros diez minutos, con orden defensivo, complicando con algún pelotazo largo y generando alguna situación de gol: Fran, por arriba del arquero. A los quince, cambió todo hasta finalizar la primera etapa. Galápagos tuvo absoluto dominio de la pelota en la mitad de cancha y se acercaba con peligro.

Vrassyl estaba sin aire, sin ideas y sin juego).
Salvatore, inquieto, se preguntaba: “¿Qué pasa Galapagos? Se arriman, se arriman y no mojan”.  Se sentía feliz por su intuición: Los locales ganarían con facilidad. Repasó sus apuntes y seguía un espacio sin completar: el jugador nº 11, el grandote. Esperaba alguna intervención para calificarlo… que no tardó en llegar. Pelotazo hacia él, pica sólo para encarar al arquero, que salió muy tarde, era gol de donde se lo viese… y de repente, cae fulminado. Como acto reflejo, Salvatore se incorporó, puso sus manos en la boca para aumentar el tono de su voz y gritó furioso: “No tenés derecho, no tenés derecho”, repetía enloquecidamente. Agarró sus apuntes y escribió: “Se tira antes decaerse… se cae antes de tirarse… se tira y se cae solo. Incorregible.”
Para esa altura, ya deseaba el gol de Galápagos, que solo no llegaba porque siempre aparecía una última pierna. Sus sentimientos lo traicionaron: “GOOOL”, festejó ruidosamente. Y con maldad escribió: “Tal cual: la primera abajo fue gol”. En el entretiempo siguió puteando porque no había lugar donde comprar algo para comer y porque los mosquitos ya lo enloquecían. Pensó: “Me rajo. Esto termina 3 a 0, ¿y quién me va a controlar?”. Algo lo hizo quedar. Conocedor del fútbol, aplicó la máxima de que los partidos duran 90 minutos, pero seguía convencido de que se vendrían los goles del local.
Disgustado, advirtió que el partido había cambiado. Vrassyl se adelantó en la cancha y empezó a dominar el terreno y la pelota. Galápagos no podía cruzar la mitad. Después se tranquilizó un poco: “¿Cómo va a hacer un gol Vrassyl? ¿Con el que se cae todo el tiempo? ¿Con el nueve que se equivocó de equipo?”
En el fondo, pens que 1 a 0 o 3 a 0 seriía lo mismo. Un nuevo acierto en su larga trayectoria. Faltaban 10 minutos aprox. y ya tena la llave del Renaul´t en la mano: “Pita el árbitro y me rajo”. De repente, un avance sobre la izquierda, un volante que cruza el tiro y, por el otro lado, casi abajo del arco, aparece el nueve para empatar el partido.
“¡¡Puta madre!! ¡Qué mal que marcan carajo!”. En un rapto de honestidad, tomó su anotador y escribió: “El nueve no es bueno, es muy bueno. Sabe lo que hay que hacer adentro del área”.
Maldiciendo por el empate, advierte que Vrassyl mete dos cambios sobre el final. “Epa… no me gusta nada esto”. Temía por el devenir de lo hechos. Después de la igualdad, Galápagos se adelantó y fue por la victoria. Dos veces Salvatore se atragantó el grito de gol. En una, el arquero sacó una pelota increíble volando abajo y pegado al palo; y en otra, el defensor que había entrado minutos antes, trabó un tiro a quemarropa dentro del área. Ya preocupado, Salvatore pensó: “si no se puede ganar, empatar está bien”.  Ya encaraba para el Renault, mirando de costado el final del partido. De repente, explotó de ira: el otro jugador que había ingresado sobre el final, metió un pique largo y definió con calidad por encima del arquero. Vrassyl pasaba a ganar 2 a 1.
Por fin, Salvatore terminó por decir: “Ahora sí, me voy a la mierda. Estos Galápagos son unos muertos y Vrassyl no juega a nada”. Se subió al auto, lo puso en marcha y finalizó su labor de espía, escribiendo como conclusión:
“Ganó Vrassyl. Equipo impredecible y complicado. No se sabe si tienen buenos jugadores, pero no juegan bien, o juegan bien, pese a no tener buenos jugadores. No me gustan nada. Van a dar que hablar.”

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